Benidorm, 30 de agosto de 2009:
Llega el ansiado día, y con él las prisas por llegar al Estadio de Foietes como si se fuera a acabar el mundo. La expedición compuesta por don Ruiz Ruiz, doña Carmona Ruiz y don Ruiz Carmona decide empezar su travesía contra el viento, que parecía dar bofetadas, y acercarse al estadio. Bueno, en realidad don Ruiz Carmona, ese que soy yo, tenía una preocupación añadida: convencer a sus señores padres de que se fueran de turismo mientras hacía cola hasta las 7 de la tarde y no se quedaran allí aburridos para no ver el concierto.
Hablando claro, eran las 10 de la mañana y ya estaba en la puerta haciendo la primera cola, en la que era necesario apuntarse en una lista para conseguir la pulsera de primera zona de pista. Mi número, el 315, se convertiría desde entonces y hasta el final de la noche en el número más querido por mí. Al fin y al cabo, ¿qué son 314 personas por delante si detrás hay 29684?
Buena forma de empezar el día, aunque todavía quedaban 12 horas para que el Boss gritase "Is there anybody alive out there?". Mientras tanto, tocaba buscar una buena sombra por los alrededores del estadio, ya que a las 11 había que volver, ponerse en cola y simplemente decir "¡presente!" cuando dijeran el 315. Lentitud, mucha lentitud, pero daba igual, al fin y al cabo había que esperar hasta la noche.
Después, otra vez a por un trozo de sombra, que empezaba a ser una misión imposible, y a esperar a la 1 para formar otra cola y recoger las pulseras. Es en ese momento cuando decido ir al wc (poco fino, pero no voy a inventarme que iba a por castañas) y de pronto me quedo parado, mirando fijamente al parking y seguramente con más cara de tonto de la que ya tengo. Dejâ rêvé.
Aquí viene una de las historias más extrañas que me han pasado en la vida, os aseguro que es totalmente cierto. Hace no mucho tiempo, cuando ya tenía la entrada para este concierto, soñé una noche que estaba en el concierto. Era un lugar en el que había un pequeño montículo de tierra, una barra de bebidas al otro lado, el suelo tenía marcas que podrían ser de un parking y, junto al montículo, una pequeña construcción de color oscuro hacía las veces de escenario.
En ese momento en el que me quedé de piedra me encontré con esto:
El parking bajo la puerta principal del estadio era exactamente el lugar en el que soñé que se hacía el concierto. La barra en el mismo sitio, el suelo con marcas de parking, el montículo y junto a él aquel edificio extraño, que en la foto no aparece, ya que ni siquiera sabía que mi madre la había hecho. Todo en la misma posición, todo exactamente igual. Lo más extraño es que jamás había visto aquel lugar en mi vida, ni siquiera en fotos, y justamente veo aquello el mismo día del concierto que soñé esa noche y a unos 5 metros de la puerta de entrada. Junto con el fantasma menorquín, esto es lo más extraño que me ha pasado en la vida.
Pero no todo iban a ser sucesos paranormales, esa mañana los allí presentes estábamos para hacer cola, y mucha más cola haríamos. A la 1 de la tarde, nueva formación, esta vez con el sol pellizcando con más maldad que antes. La cosa era sencilla: coger la pulsera cuando llegase el turno y a descansar hasta las 6. A las 2 todavía no habían llegado las pulseras y aquel calor empezaba a traer recuerdos de Granada.
Una vez conseguida y puesta en el brazo, al McDonald's a zampar un rato y dar un respiro a este cuerpecillo diminuto hasta las 6. Llamo a mis padres para que se vengan y al llegar nos encontramos que no hay ni un sitio donde sentarse. ¿Solución? Comer la mitad del tiempo de pie y la otra mitad sentados. Claro, poca inteligencia la mía, a las 3 de la tarde se está de pie como si nada, a las 3.
Tras la comilona en el McDonald's y 5 minutos en el hotel en los que no llegué a disfrutar asiento, nueva marcha hasta la puerta del estadio, pero esta vez hacía ya más ilusión, esta vez tocaba entrar.
Pulsera y número en mano.
(Manos apretadas porque en ese mismo momento el colchón se dobló solo por mitad.)
Llegan las 5 y media aproximadamente, y entre el descontento de quienes no sabían de la existencia de las pulseras de pit y el color rojizo atomatado de los que estábamos allí desde la mañana, se empieza a formar la última cola. Esta vez puntual, 15 minutos antes de la hora prevista (las 7) y con una organización no perfecta pero sí mucho mejor que la que han sufrido en el Monte do Gozo (no hay derecho a eso, DoctorMusic).
La espera quedaba ya como algo anecdótico cuando sólo quedaban 3 horas para que empezase el sueño. 3 horas que fueron más pasables gracias a que me llevé unos cuantos capítulos de Becker en el iPod. De pronto parecía que todas aquello tenía sentido, estaba dentro, a unos 4 metros del escenario, sin prisas ni impaciencia. 4 metros que desaparecerían al ponerse en pie la multitud y aparecer un extraño hueco delante de mí que llevaba hasta la valla. ¿Por qué apareció un hueco? Llamémosle día de suerte.
12 horas de espera pueden hacerse insoportables para alguien que, como yo, no es capaz ni de esperar 5 minutos a un bus. Sin embargo, lo que en principio parecía una eternidad, había sido mucho más breve. Llamémoslo ilusión.

Llega el ansiado día, y con él las prisas por llegar al Estadio de Foietes como si se fuera a acabar el mundo. La expedición compuesta por don Ruiz Ruiz, doña Carmona Ruiz y don Ruiz Carmona decide empezar su travesía contra el viento, que parecía dar bofetadas, y acercarse al estadio. Bueno, en realidad don Ruiz Carmona, ese que soy yo, tenía una preocupación añadida: convencer a sus señores padres de que se fueran de turismo mientras hacía cola hasta las 7 de la tarde y no se quedaran allí aburridos para no ver el concierto.
Hablando claro, eran las 10 de la mañana y ya estaba en la puerta haciendo la primera cola, en la que era necesario apuntarse en una lista para conseguir la pulsera de primera zona de pista. Mi número, el 315, se convertiría desde entonces y hasta el final de la noche en el número más querido por mí. Al fin y al cabo, ¿qué son 314 personas por delante si detrás hay 29684?
Buena forma de empezar el día, aunque todavía quedaban 12 horas para que el Boss gritase "Is there anybody alive out there?". Mientras tanto, tocaba buscar una buena sombra por los alrededores del estadio, ya que a las 11 había que volver, ponerse en cola y simplemente decir "¡presente!" cuando dijeran el 315. Lentitud, mucha lentitud, pero daba igual, al fin y al cabo había que esperar hasta la noche.
Después, otra vez a por un trozo de sombra, que empezaba a ser una misión imposible, y a esperar a la 1 para formar otra cola y recoger las pulseras. Es en ese momento cuando decido ir al wc (poco fino, pero no voy a inventarme que iba a por castañas) y de pronto me quedo parado, mirando fijamente al parking y seguramente con más cara de tonto de la que ya tengo. Dejâ rêvé.
Aquí viene una de las historias más extrañas que me han pasado en la vida, os aseguro que es totalmente cierto. Hace no mucho tiempo, cuando ya tenía la entrada para este concierto, soñé una noche que estaba en el concierto. Era un lugar en el que había un pequeño montículo de tierra, una barra de bebidas al otro lado, el suelo tenía marcas que podrían ser de un parking y, junto al montículo, una pequeña construcción de color oscuro hacía las veces de escenario.
En ese momento en el que me quedé de piedra me encontré con esto:
Pero no todo iban a ser sucesos paranormales, esa mañana los allí presentes estábamos para hacer cola, y mucha más cola haríamos. A la 1 de la tarde, nueva formación, esta vez con el sol pellizcando con más maldad que antes. La cosa era sencilla: coger la pulsera cuando llegase el turno y a descansar hasta las 6. A las 2 todavía no habían llegado las pulseras y aquel calor empezaba a traer recuerdos de Granada.
Una vez conseguida y puesta en el brazo, al McDonald's a zampar un rato y dar un respiro a este cuerpecillo diminuto hasta las 6. Llamo a mis padres para que se vengan y al llegar nos encontramos que no hay ni un sitio donde sentarse. ¿Solución? Comer la mitad del tiempo de pie y la otra mitad sentados. Claro, poca inteligencia la mía, a las 3 de la tarde se está de pie como si nada, a las 3.
Tras la comilona en el McDonald's y 5 minutos en el hotel en los que no llegué a disfrutar asiento, nueva marcha hasta la puerta del estadio, pero esta vez hacía ya más ilusión, esta vez tocaba entrar.
Pulsera y número en mano.(Manos apretadas porque en ese mismo momento el colchón se dobló solo por mitad.)
Llegan las 5 y media aproximadamente, y entre el descontento de quienes no sabían de la existencia de las pulseras de pit y el color rojizo atomatado de los que estábamos allí desde la mañana, se empieza a formar la última cola. Esta vez puntual, 15 minutos antes de la hora prevista (las 7) y con una organización no perfecta pero sí mucho mejor que la que han sufrido en el Monte do Gozo (no hay derecho a eso, DoctorMusic).
La espera quedaba ya como algo anecdótico cuando sólo quedaban 3 horas para que empezase el sueño. 3 horas que fueron más pasables gracias a que me llevé unos cuantos capítulos de Becker en el iPod. De pronto parecía que todas aquello tenía sentido, estaba dentro, a unos 4 metros del escenario, sin prisas ni impaciencia. 4 metros que desaparecerían al ponerse en pie la multitud y aparecer un extraño hueco delante de mí que llevaba hasta la valla. ¿Por qué apareció un hueco? Llamémosle día de suerte.
12 horas de espera pueden hacerse insoportables para alguien que, como yo, no es capaz ni de esperar 5 minutos a un bus. Sin embargo, lo que en principio parecía una eternidad, había sido mucho más breve. Llamémoslo ilusión.


























